Los árabes israelíes cruzaron una línea roja

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Los disturbios iniciados durante la última operación por árabes israelíes en apoyo de Hamás, mientras la organización terrorista lanzaba miles de misiles sobre el Estado judío que busca destruir, marcaron una grieta importante en sus relaciones con la mayoría judía del país.

Este es un acontecimiento serio, y uno que no debe ser ignorado por el gobierno israelí. Cualquiera que se identifique con los enemigos de Israel en cualquier momento, y mucho menos en tiempo de guerra, ya no debería ser considerado ciudadano del país y [debería] perder el derecho a beneficiarse de sus ventajas.

Durante los recientes disturbios en Israel (así como en la Ribera Occidental [Cisjordania] y Gaza), este grito de batalla se expresó en todos los frentes: en Jerusalén, en Lod, en Acco, en las intersecciones que estaban bloqueadas en Galilea, en el Negev y en Wadi Ara. El genio religioso salió de la botella con toda su fuerza. El enfrentamiento se centró en el control del complejo del Monte del Templo, en árabe, al-Haram al-Sharif o, como se le llama actualmente, al-Aqsa. Cientos de miles de palestinos enfurecidos y árabes israelíes se dirigieron a Jerusalén, fieles al llamado de Yasser Arafat: «¡Millones de mártires, marchen a Jerusalén!»

Los alborotadores azuzados se burlaron de las victorias de Israel sobre los árabes en 1948 (la «Nakba») y 1967 (la «Naksa») y juraron «Nunca más». La situación en Israel: rupturas, disputas, una de las crisis políticas más severas que haya conocido el país, autoridades gubernamentales en desacuerdo, una fuerza policial debilitada por las conclusiones de la Comisión Or de 2003, un ejército cuyos soldados están dudosos y vacilantes, todo estos factores indicaron a los enemigos de Israel que había llegado el momento de ajustar cuentas con los judíos.

Las señales de advertencia de la crisis nacional entre judíos y árabes surgieron ya en los disturbios de octubre de 2000, cuando los ciudadanos árabes del país respondieron a la ofensiva terrorista lanzada por Arafat con su propia ofensiva contra sus compatriotas judíos. Los años siguientes vieron el surgimiento de una tradición de visitar los remanentes de las comunidades árabes abandonadas en el «Día de la Nakba», incluidos Khirbat Azun en Raanana, Umm Khalid en Netanya, Sheikh Munis en el norte de Tel Aviv y Kamoun en Yokneam, para expresar el mensaje desafiante que «A estos volveremos». La israelidad del país ha sido rechazada categóricamente, porque, según se afirma, Israel se asienta en «tierra palestina robada».

En 2011, el diputado Ahmed Tibi pronunció un discurso ante la Autoridad Palestina en el que vinculó la lucha nacional a la lucha religiosa, y luego vinculó la lucha de los palestinos en los territorios a todos los palestinos en todas partes. Hizo esto usando el término shahidun (mártires) para referirse a los terroristas entre los árabes israelíes. En 2014, Tibi afirmó que el complejo del Monte del Templo debía entregarse al control palestino. Cinco años después de eso, informó al presidente de Israel Rivlin que los árabes son los verdaderos dueños del país mientras que los judíos son invasores colonialistas, otorgando así a la lucha antiisraelí una legitimidad engañosa. Del mismo modo, el diputado Ayman Odeh encabezó a los manifestantes durante los recientes disturbios y los instó a exigir por la fuerza sus “derechos nacionales”.

¿Por qué Khaibar?

En 628 EC, el Profeta Muhammad firmó un acuerdo de alto el fuego en Hudaibiya con sus principales enemigos, los habitantes de la ciudad de La Meca. Cuando los partidarios lo criticaron por la medida, Mahoma encontró un chivo expiatorio que había utilizado en el pasado: los judíos de la Península Arábiga, en ese caso los ricos pueblos judíos de Khaibar y Wadi al-Qura en el norte de Hijaz.

Después de tentar a los judíos de Khaibar a entablar conversaciones de paz, Mahoma mató a los líderes judíos y los comandantes militares [judíos] que se presentaron a las conversaciones y sitiaron a Khaibar. Después de unos 30 días de guerra, los judíos se rindieron. A cambio de que se les permitiera permanecer en su tierra, acordaron aceptar la supremacía del Islam y pagar no menos de la mitad de sus ingresos a los musulmanes. Este acuerdo se convirtió en un modelo para los musulmanes en otros lugares que conquistaron: un impuesto territorial del 50%, un impuesto de per cápita y el reconocimiento de la supremacía del Islam.

Asimismo, a raíz de la conquista musulmana de la Tierra de Israel, los judíos desaparecieron de los lugares en los que habían vivido durante cientos e incluso miles de años. Los judíos vivieron en Hebrón desde los tiempos bíblicos hasta la masacre de 1929. Vivieron en Naplusa y Gaza hasta 1937. Vivieron en el barrio musulmán, Silwan y otras partes de Jerusalén hasta que fueron expulsados ​​durante los disturbios de 1936-39 y la Guerra de Independencia. Una vez que los judíos fueron desalojados, estos lugares se convirtieron en «palestinos».

En los disturbios de 2021, el «modelo Khaibar» se repitió una vez más, ya que una parte considerable del Estado judío se volvió extraterritorial para los judíos que temen poner un pie en ellos, desde áreas pobladas por árabes de Galilea y el Triángulo hasta ciudades mixtas como Haifa, Jaffa, Lod, Ramla y Acco, hasta partes del Negev que las comunidades beduinas se han apropiado durante mucho tiempo como suyas. Lo que surge es un mapa territorial idéntico al del plan de partición de 1947, como en las palabras del dicho palestino, «Al-Jalil mithl al-Khalil», o «El destino de Galilea es el destino de Hebrón». En otras palabras: los judíos deben ser expulsados ​​y el área convertida en «palestina».

Los disturbios llevados a cabo por los árabes israelíes mientras Hamas lanzaba miles de misiles sobre el Estado judío constituyen una traición al país del que son ciudadanos. Como tales, representaron una escalada importante en las relaciones árabes israelíes con la mayoría judía del país, un desarrollo serio que exige una respuesta firme del gobierno israelí. Cualquiera que se identifique con los enemigos de Israel en cualquier momento, y mucho menos en tiempo de guerra, debería perder su ciudadanía del país que al que está atacando y no debería seguir beneficiándose de sus ventajas.