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Europa debe empezar a tomarse muy en serio su defensa. Un Consejo de Defensa común es urgente.

El ajedrez geopolítico está de regreso. Tras un interludio pos- 1989 en el que la dirección de la historia pareció inclinarse hacia un pacífico orden internacional liberal, presenciamos ahora un aumento de la competencia entre grandes potencias, búsquedas de hegemonía y actos de expansión cuasiimperial.

Rusia viola con descaro el derecho internacional mientras afirma su influencia regional. China está entregada a una competencia estratégica en todos los frentes y promueve un modelo internacional alternativo. Y Estados Unidos eligió defender sus intereses con acciones unilaterales y presiones.

Frente a este violento despertar geopolítico, Europa debe tomar su futuro en sus propias manos. Si no manifestamos y defendemos nuestros valores e intereses, la Unión Europea y sus Estados miembros serán presa de otros en el nuevo (des)orden mundial. Llegó la hora de que los europeos construyan colectivamente su soberanía en todas las áreas en las que quieren ser actores en vez de espectadores: política exterior y defensa, economía y comercio, tecnología digital y sostenibilidad ambiental.

Se han dado pasos, pero…

Bajo el liderazgo del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la UE dio importantes pasos en este sentido. Hemos mejorado nuestra política de comercio en respuesta a posibles guerras comerciales, y hemos reducido la vulnerabilidad de nuestra economía a la adquisición de activos estratégicos por entidades extranjeras. Además, hemos invertido en la creación de resiliencia para proteger redes e infraestructuras cruciales contra ciberataques.

En un plano quizá más sorprendente, hemos hecho también grandes avances en la coordinación de nuestras iniciativas de defensa. Otrora un tabú, hoy la defensa se ha convertido en una prioridad política para la Comisión. Por ejemplo, el Fondo Europeo de Defensa, con una dotación de 13.000 millones de euros (14.600 millones de dólares), sentará nuevas bases para la planificación conjunta y la compra de equipamiento en común.

Pero Europa puede y debe hacer más en esta área. Ya no es posible seguir delegando la seguridad europea a otros. Y, aunque el aumento del gasto nos fortalecerá, no es suficiente. Europa necesita, y nuestros ciudadanos esperan, un plan, una brújula política.

La Estrategia Global de la UE (liderada por Federica Mogherini, alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidenta de la Comisión) estableció ya, en 2016, un nuevo nivel de ambición colectivo para la acción externa europea. Pero otras potencias globales están actuando a toda prisa, y hay cada vez más amenazas transfronterizas, de Riga a Nicosia, de modo que es necesario actualizar esta estrategia y convertirla en un plan de política exterior y de defensa.

El momento es propicio, pues, para una revisión estratégica de defensa que incluya: una evaluación conjunta de las principales amenazas que Europa enfrentará de aquí a 2030, pautas estratégicas en relación con prioridades comunes para la UE y sus Estados miembros y la traducción de todo esto en estructuras institucionales y de equipamiento conjuntas.

El regreso de la política de grandes potencias implica que este desequilibrio ya no es sostenible. Europa necesita tener otra pierna en la que apoyarse.

Además de reafirmar el papel central de la Otán en la defensa colectiva, esta revisión estratégica de defensa debe desarrollar las capacidades europeas y mejorar nuestra preparación para la acción externa común.

Necesitamos capacidades unificadas para enfrentar nuevos desafíos asimétricos como el terrorismo, el ciberdelito, las campañas de desinformación y las amenazas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares.

En particular, tenemos que poner nuestras capacidades civiles y militares a la altura de los desafíos futuros en el área cibernética. Además, la revisión debe ofrecer pautas a la industria de defensa europea, como componente central de nuestra seguridad.

Sumar fuerzas

Para sostener estas iniciativas y trasladar el nuevo nivel de ambición a la realidad, también tenemos que construir nuestra Unión de Política Exterior y Defensa. Las instituciones de la UE y los Estados miembros forman un equipo. No se trata de debilitar la soberanía de los Estados miembros, sino de hacernos a todos y cada uno de nosotros más fuertes.

Una política exterior y de defensa común aprovecha la diversidad de nuestros servicios de inteligencia, fuerzas armadas, equipamientos y experiencia de combate, sumada a las diferentes miradas regionales (en relación con África, Medio Oriente, los Balcanes occidentales y el flanco oriental de Europa) que les fueron legadas por la historia y la geografía.

En este marco, Estados miembros capaces y bien dispuestos también actuarán como embajadores o como países guía en diferentes áreas. Esto añadirá flexibilidad y coherencia a los formatos o iniciativas regionales, además de que les permitirá a los Estados miembros la utilización de su influencia al servicio de los intereses nacionales y europeos.

En paralelo, se necesita una adecuada institucionalización de la defensa en el nivel de la UE: un Consejo de Defensa que provea una plataforma de coordinación entre los ministros de defensa, un Comando de Operaciones que planifique y ejecute la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE, una cadena de comando ágil y eficiente y una academia militar totalmente conformada.

Estas medidas prácticas ayudarán a fomentar una cultura estratégica común europea y a convertir la defensa europea en una realidad operativa. También dejarán a la UE mejor preparada para relacionarse con sus socios estratégicos, sobre todo el Reino Unido, que seguirá siendo un aliado clave y un importante socio tras la salida del bloque.

Asuntos apremiantes
Hace ya demasiado que asuntos internos como el ‘brexit’ monopolizan la agenda de la dirigencia europea en detrimento de problemas de seguridad urgentes. La estabilidad en África, el proceso de paz en Siria, la crisis en Libia, los Balcanes occidentales, el vecindario oriental y el Ártico también merecen más de nuestra atención, además de nuestra capacidad para trabajar en conjunto con nuestros socios estratégicos.

Los desafíos de seguridad compartidos deberían estar en la agenda del Consejo Europeo cada tres o seis meses. Un programa de debates periódicos y estructurados permitirá a la dirigencia responder a las tendencias estratégicas y definir un curso de acción común, usando todo el instrumental de política exterior de la UE.

Al mismo tiempo, la UE debe utilizar sus herramientas de política exterior (la diplomacia, el comercio, las ayudas al desarrollo y la defensa) en forma más coherente. Para responder a los próximos desafíos de un mundo en el que África y Asia serán cada vez más influyentes, Europa debe eliminar la compartimentalización y alinear sus instrumentos externos. A modo de ejemplo, Tusk inició en marzo un debate en la dirigencia europea sobre la relación de la UE con China, un asunto que debe ser prioritario en los años venideros.

Pero la clave para una política exterior exitosa es el poder de respaldarla. Europa todavía cuenta con un importante nivel de poder blando, pero, en términos de poder duro, la verdad es que seguimos siendo insignificantes. El regreso de la política de grandes potencias implica que este desequilibrio ya no es sostenible. Europa necesita tener otra pierna en la que apoyarse, y nuestros ciudadanos esperan una unión que proteja, que sea más capaz y que sea soberana. Solo podremos lograrlo si los Estados miembros y las instituciones de la UE unen sus fuerzas.

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