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Los datos en las 50 áreas de Londres más contaminados demostraron que en esas zonas la población tenía un 40% más posibilidades de desarrollar esta enfermedad.

Una investigación publicada en el BMJ Open Journal demostró que la contaminación del aire por quema de combustibles podría estar relacionada con un incremento en el riesgo de desarrollar demencia. Según el análisis, que se llevó a cabo en las 50 áreas más contaminadas de Londres, las personas que vivían en las zonas con mayores concentraciones de óxido de nitrógeno mostraron riesgo 40% mayor de desarrollar demencia que quienes vivían en lugares con una baja concentración de este gas.

Si bien son bien conocidos los efectos del aire sucio en enfermedades respiratorias y cardiovasculares, apenas se está abriendo una rama para evaluar los efectos de estos gases tóxicos en el sistema nervioso.

“Nuestro estudio”, le dijo a The Guardian Frank Kelly, profesor del King’s College London, “sugiere una conexión entre la contaminación del aire y la demencia, pero no puede concluir con total certeza que el primero sea una causa del segundo”.

“No obstante”, añadió, “yo creo en este momento tenemos suficiente evidencia para añadir a la contaminación del aire como uno de los factores de riesgo de la demencia”.

Otros investigadores pidieron tomar estos resultados con precaución, pues la investigación no analizó factores como el estilo de vida o las posibilidades económicas de los participantes para llegar a sus conclusiones.

Los cerebros de los niños abrieron la puerta a este campo

Relacionar el ambiente con este tipo de enfermedades no es tarea sencilla. Como suele ocurrir en los estudios sobre la influencia del ambiente en el organismo –ya sea el nexo entre tabaquismo y cáncer o entre dieta y enfermedad cardiovascular–, es complejo demostrar una relación causa-efecto entre el humo del tráfico y enfermedades neurodegenerativas, o afectaciones del sistema nervioso.

Este campo de investigaciones inició con estudios sobre la ralentización del aprendizaje en niños. Se abrió en 2008, cuando un trabajo halló inflamación en el cerebro de niños y perros en Ciudad de México, y culpaba a la alta contaminación. Efectos similares se observaron poco después en ratas expuestas a tubos de escape de motores diésel. Las partículas generadas por los motores, en especial los diésel, son tan pequeñas que podrían pasar de los pulmones a la sangre y llegar al cerebro, generando inflamación.

En 2010, un grupo de investigadores liderados por Jordi Sunyer, del CREAL –hoy ISglobal–, en Barcelona, decidieron buscar un posible vínculo entre contaminación del tráfico y aprendizaje infantil. Su proyecto BREATHE fue financiado con casi 2,5 millones de euros del Consejo Europeo de Investigación (ERC). “Postulamos que la contaminación del tráfico, en particular las partículas ultrafinas (…), obstaculiza el desarrollo cerebral”, explicaron los investigadores.

Pronto esa hipótesis de partida se vio respaldada. Un trabajo publicado en 2015 en PLOS Medicine mostraba que el desarrollo cognitivo de los niños que van al colegio en zonas de alta contaminación es más lento. En un año los escolares expuestos a poca polución mejoraron un 11,5% su memoria de trabajo, mientras que en los colegios con aire de peor calidad la mejora fue de solo un 7,4%.

Al mismo tiempo, diversas investigaciones que iban desde Nueva York hasta España y pasando por China, fueron sumando conclusiones que apuntaban al nexo entre altos niveles de contaminación en el aire por combustibles fósiles y un entorpecimiento en la formación cerebral de fetos y niños.

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