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No sólo el cambio climático está detrás de las catástrofes: la población mundial que vive en zonas inundables ha aumentado un 114% y la expuesta a ciclones un 192% en 30 años.

Más de medio centenar de muertos en Filipinas tras el feroz paso del tifón Mangkhut», «Aumentan a 13 los muertos por el huracán Florences degradado a depresión tropical», «Las lluvias torrenciales azotan el Levante»… son sólo algunos de los titulares que podíamos leer ayer. Las mortíferas máquinas naturales ocasionan cuantiosos daños y víctimas mortales. Pero, ¿quién tiene la culpa? Los destrastres naturales eran considerados en el pasado como una manifestación divina de la ira o del destino. Hoy, sabemos que la mano del hombre está detrás en varios sentidos. Los desastres naturales, con episodios cada vez más extremos, de mayor frecuencia e intensidad, van en aumento. Según un informe publicado este año por el Consejo de Academias de Ciencias Europeas, las inundaciones y crecidas de los ríos se han cuatriplicado desde 1980, las sequías se han duplicado desde entonces, y las pérdidas económicas se han disparado. Sólo las tempestades en Norteamérica causaron 10.000 millones de dólares de pérdidas en 1980, frente a los casi 20.000 millones de 2015. La tendencia de fenómenos extremos es, por tanto, evidente.

Prueba de ello es cómo aumenta el número de fenómenos y de víctimas. Entre 1986 y 2016 fallecieron en el mundo 53.200 personas de media al año en episodios extremos y, entre 2006 y 2015, la cifra se disparó a los 60.600, según el último «Perfil Ambiental en España 2016», que publica el Ministerio ahora llamado para la Transición Ecológica. Lógicamente hay que fijarse en un período, no en un año, dado que fenómenos como El Niño afectan claramente a la meterología y, por ende, al número de episodios extremos. Así, en 2016 murieron 8.700 personas en 750 desastres naturales. En 2015, 25.400 en 730 eventos a nivel mundial. Detrás de muchos de estos fenómenos está el cambio climático. Y es que aunque en la actualidad no se pueda afirmar al instante que una catástrofe concreta se haya producido por el cambio climático, «lo cierto es que en un mundo cada vez más cálido, el factor de la temperatura del agua del mar contribuirá», asegura el meteorólogo José Miguel Viñas.

Según un estudio publicado en «Nature», dos tercios de los episodios climáticos extremos estudiados se hicieron más probables, o más graves, por el cambio climático. Ahora bien, dado que cada vez que se produce un fenómeno meteorológico, unos afirman convencidos que se debe al cambio climático. Otros expertos aseguran que no se puede afirmar que haya sido su detonante, varias agencias de meteorología, como la alemana Otto o el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo en Reino Unido, trabajan para poder proporcionar a partir de 2020 evaluaciones instantáneas de la influencia o no del cambio climático en cada desastre natural.

Ahora bien, también es cierto que «cada vez hay más población expuesta a fenómenos meteorológicos extremos», precisa Jorge Olcina, director del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante y uno de los mayores expertos en huracanes del país. Dicho de otro modo, la Tierra ruge, y detrás está la mano del hombre en más de un sentido. Así, dejando a un lado el cambio climático, hay un error habitual: la gestión del territorio para reducir al máximo de lo posible el número de personas expuestas a fenómenos extremos. Dicho de otro modo, seguimos fallando en la prevención física.


«El riesgo ante un fenómeno natural se compone de tres elementos: el hecho físico (inundaciones, terremotos, huracanes, etc), la población y el espacio expuesto ante un peligro natural. El riesgo se puede reducir si se gestiona la emergencia una vez ya producida, así como ordenando y planificando el territorio. En Europa, la gestión de una emergencias ha trabajado muy bien en cuanto a rapidez así como los sistemas de alerta, . Pero la planificación del territorio es lo que sigue fallando ya que se sigue «permitiendo la ocupación de espacios de riesgo», insiste Olcina. Según el «Tratado de Climatología» publicado el año pasado por el citado experto y por Antonio Gil, de la Universidad de Alicante, cada vez más personas y recursos están ubicados en zonas de alto riesgo. «La proporción de población mundial que vive en cuencas fluviales inundables ha aumentado en un 114%, mientras que la población que vive en zonas costeras expuestas a ciclones aumentó un 192% en los últimos 30 años», dice el informe. Además, añade que «la mitad de las ciudades más grandes del mundo, de entre 2 y 15 millones de habitantes, están ubicadas en zonas altamente vulnerables a la actividad sísmica». Y es que, «la rápida urbanización hace que aumente la exposición al riesgo de desastres, y no sólo en países poco avanzados económicamente», apunta el texto.

Una correcta planificación del territorio es clave, dado que las predicciones no son nada halagüeñas. Sólo en EE UU se espera que las inundaciones se multipliquen –en el peor de los casos– por 17 para el año 2100, según un estudio publicado por investigadores de las Universidades de Princeton y Rugers y del Instituto Oceanográfico Woods Hole. Es la conclusión a la que llegaron tras crear un modelo de predicción en el que analizaban los factores dinámicos más importantes, como el aumento del nivel del mar, el aumento periódico de las tormentas climatológicas teniendo en cuenta datos históricos, así como cálculos probabilísticos.

El hecho de que se superase por primera vez la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera en 400 partes por millón (ppm) ha sido el caldo de cultivo para el incremento de tornados, ciclones, sequías extremas, olas de calor, inundaciones, etc. Unos fenómenos extremos que van a más y provocan pérdidas humanas y económicas cada vez más dramáticas. 2017, según el «Estado del clima» que publicó en marzo la OMM, se convirtió en el año con mayor número de pérdidas económicas relacionadas con fenómenos meteorológicos y climáticos extremos. Así, según la mayor reaseguradora del mundo Munich Re, las pérdidas por destastres naturales en 2017 se elevó a 320.000 millones de dólares, convirtiéndose el clima de 2017, el más caro de la historia.

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