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Los grandes magnates de Silicon Valley están invirtiendo millones de dólares en búnkeres apocalípticos ubicados en Nueva Zelanda, según informa Bloomberg. El más caro cuesta alrededor de 8 millones de dólares y está enterrado a más de 3 metros bajo tierra. Según las informaciones, esta tendencia forma parte de una subcultura dentro Silicon Valley que está realmente convencida de que debe estar preparada para un escenario apocalíptico.

Los empresarios de Silicon Valley están invirtiendo millones de dólares en un “Plan B” que incluye escenarios apocalípticos, según explica Olivia Carville en Bloomberg.

Varios de los millonarios más destacados de la industria tecnológica están comprando búnkeres para el día del juicio final y los están instalando en Nueva Zelanda, que tiene fama en Silicon Valley de ser el refugio ideal para pasar el fin del mundo. En febrero, se supo que el cofundador de PayPal Peter Thiel había construido una sala de emergencia en su propiedad en Queenstown.

Carville ha hablado con dos proveedores de búnkeres subterráneos, incluido Gary Lynch de Rising S Co., que aseguran que la compañía ha colocado búnkeres en Nueva Zelanda para siete empresarios de Silicon Valley en los últimos dos años. El modelo más caro de la compañía cuesta 8 millones de dólares y está enterrado a más de 3 metros bajo tierra para hacerlo impermeable a una explosión nuclear.

Otro constructor de búnkeres llamado Robert Vicino está trabajando en uno lo suficientemente grande para acoger a 300 personas, con un precio de 35.000 dólares por cabeza.

Carville se ha entrevistado con el presidente de Y Combinator, Sam Altman, quien ha asegurado que las declaraciones anteriores realizadas sobre un plan de escape hacia Nueva Zelanda habían sido una broma. “El mundo está tan interconectado ahora que, si algo sucediera, todos estaríamos en una mala posición desgraciadamente”, le ha referido a Bloomberg.

Sin embargo, Altman al parecer tiene una “mochila de emergencia” provista con una pistola, varios antibióticos, baterías, agua, mantas, una tienda de campaña y máscaras antigás.

Las operaciones inmobiliarias de los multimillonarios de Silicon Valley ya han planteado en el pasado un problema para Nueva Zelanda, hasta el punto de que en agosto se aprobó una ley que prohíbe a los extranjeros comprar viviendas de segunda mano en un intento de frenar la burbuja de precios.

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