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Científicos han descubierto que un asteroide de 100 a 250 metros de diámetro impactará contra el área metropolitana de Los Ángeles, una zona con unos 20 millones de habitantes y dos centenares de ciudades, el 20 de septiembre del año 2020. No hay tiempo para desviar la roca y el choque ocurrirá sin remedio. ¿Y ahora qué hacemos?
Que no cunda el pánico. Es un escenario ficticio. Pero posible. La NASA y la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) de EE.UU. han considerado esta posibilidad «muy baja, pero de muy graves consecuencias» en el tercero de una serie de ejercicios organizados conjuntamente por las dos agencias para fortalecer su colaboración y saber cómo reaccionar ante una amenaza semejante llegada del espacio.

«No es una cuestión de si, sino de cuándo, vamos a hacer frente a una situación de este tipo», advierte Thomas Zurbuchen, administrador asociado del Directorio de Misiones Científicas de la NASA en Washington. «Pero a diferencia de cualquier otro momento de nuestra historia, ahora tenemos la capacidad para responder a una amenaza de impacto a través de las observaciones continuas, predicciones y la planificación de respuesta y mitigación», subraya.




Pero volvamos a nuestro escenario catastrófico y a la respuesta del ¿ahora qué? Es otoño de 2016 y tenemos un asteroide recién descubierto. De momento, lo único que sabemos es que tiene una probabilidad del 2% de chocar contra nuestro planeta, lo que puede ocurrir en cualquier lugar a través de una gran franja de tierra, e incluye una estrecha banda que cruza todo Estados Unidos. Los científicos solo pueden seguir su trayectoria. Lo hacen durante tres meses usando las observaciones de un telescopio con base en tierra, y la probabilidad de impacto ya sube al 65%.

A continuación, las siguientes observaciones tienen que esperar hasta cuatro meses más tarde, debido a la posición del asteroide en relación con el Sol. Ya hemos llegado a mayo de 2017. Una vez que las observaciones pueden reanudarse, la probabilidad de impacto aumenta al 100%. Es definitivo. La roca va a darnos de lleno. Para noviembre de 2017, se sabe que el impacto previsto ocurrirá en algún lugar de una banda estrecha en todo el sur de California o cerca de la costa en el Océano Pacífico.

Desplazar a la población




En anteriores simulaciones se había podido optar por desviar el asteroide de su trayectoria, pero en este ejercicio en particular no hay tiempo. No se puede hacer nada para evitar el impacto. Esta opción ha sido considerada planteando un gran reto futuro para los responsables de emergencias frente a una evacuación masiva del área metropolitana de Los Ángeles.

Los científicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL), entre otras corporaciones, predijeron los modelos de huella de impacto, las estimaciones de desplazamiento de la población, información sobre las infraestructuras que se verían afectadas (se trata de un área repleta de autopistas, urbanizaciones, centros de negocios y de ocio, etc…), así como otros datos que podrían ser conocidos realmente en varios puntos a lo largo del escenario del ejercicio. «El alto grado de incertidumbre inicial junto con el tiempo relativamente largo de advertencia hacen este escenario único y especialmente difícil para los administradores de emergencias», dice el jefe de Servicio de Coordinación de Respuesta Nacional del FEMA, Leviticus A. Lewis. «Es muy diferente de la preparación para un evento con una línea de tiempo mucho más corta, como un huracán».




Los participantes han considerado formas de proporcionar información «precisa, oportuna y útil» para el público, al tiempo que han abordado cómo refutar los rumores e informaciones falsas que podrían surgir en los años previos al hipotético impacto. «Estos ejercicios son de gran valor para aquellos de nosotros en la comunidad científica responsables de colaborar con FEMA en este peligro natural», dice Lindley Johnson, de la Oficina de Defensa Planetaria de la NASA.

Fuente: abc.es

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